martes, 3 de septiembre de 2019

Haruki


(Todo parecido con la realidad es purita coincidencia)



El animal quizás rumie en su mente tiempos pasados y mejores mientras de sus fauces cuelga cual badajo una lengua rosada y húmeda que se mece al ritmo del trotecillo con el que avanza por la calle Martínez Campos, acercando de vez en vez el hocico al pavimento, al bordillo de la acera, olisqueando las esquinas, las ruedas de los coches, atento —por un lado— a sus cosas, las novedades del día, quién orinó acá, fue macho o hembra en celo, qué comió; ajeno —por otro— al trajín ruidoso y se diría irritado de los humanos hombres y mujeres, los humanos niños, los humanos vehículos de carga y descarga.
Con mayor seguridad, acaso, masque el perro que ya se acerca el momento de la mañana en que su hombre coloca en una esquina de la cocina un cuenco de madera con su alimento, y que haría bien en acelerar el paso, pero sus patas ya no son lo que fueron, se diría, añorando aquellos tiempos lejanos.
Los restos del día anterior. A veces, auténtico pienso. En no pocas ocasiones, trozos de pan duro reblandecido con agua o cualquier ocurrencia indigesta del anciano. Haruki. Tal es la sucesión de sonidos a la que responde cuando le viene en gana este perro de agua de pelaje negro y lanudo que ya ha de andar por su tercera edad, a la vista de su corretear lento y torpón, de su mirada brumosa y cansada. Haruki nada comparte con el perfil familiar, protector y de fácil ladrido de los de su raza. Su personalidad más bien se asemeja a la escurridiza y algo indiferente de los gatos. Así opinan, al menos, los vecinos del barrio de la Viña que ven al chucho día tras día dar a solas su paseo matutino, a lo suyo, sin meterse en jaleos, haciendo sus cosas nadie sabe dónde.
Ahora es probable que el cuadrúpedo juguetee a atinar qué alimento le caerá en suerte este día de calor abrasador que no concuerda con lo que su instinto animal le asegura que habría de ser a estas alturas: una jornada fría y, tal vez, lluviosa.
Guiado por la invisible línea de efluvios familiares, tras girar en la plaza de la Reina, prosigue el can su ruta por Corralón de los Carros hasta llegar a la calle Patrocinio. Es un inmueble antiguo, sencillo, de dos pisos de blanca cal. Las ventanas y la puerta del bajo han sido tapiadas con esmero, en prevención de potenciales okupas. La casapuerta de la finca solo se cierra al anochecer y, al traspasarla -se detiene  para rascarse con furia momentánea la oreja en un pequeño patio lleno de tiestos con flores-, el perro recibe la primera señal de que algo no va bien. 
Haruki está al tanto de que la calidad inconstante de su dieta diaria guarda íntima relación con los cambios de humor del anciano al que adoptó y con el que comparte vida hará cosa de un año. Y aunque esta mañana el viejo se levantó risueño y parlanchín, ahora ningún olor a ninguno de los probables alimentos es captado por las fosas nasales del can. Asciende el vertebrado con recelo y pesadez las escaleras que llevan a la puerta de su hogar, también, como siempre hasta el anochecer, abierta.
Cruza el saloncito de un piso que acaso no alcance los 20 metros cuadrados, directo a la cocina, derecho a su rincón. Nada que olfatear. Nada que engullir. No hay cuenco. Ni siquiera el cacharro con agua que suele permanecer a su lado. Coloca sus patas delanteras sobre una silla y husmea y observa la estrecha encimera elevando las peludas orejas. Nada. Se revuelve después y gira sobre sí mismo intentando morder su propio rabo.
Cuando penetra en la oscuridad de la habitación del hombre, la persiana echada, Haruki emite un gemido largo y agudo al tiempo que embosca el rabo entre las piernas traseras. Distingue al anciano tumbado sobre la cama, boca abajo. Realiza el can gestos de indecisión, avanza al fin con lentitud, la cabeza gacha. Tras sentarse junto a la cama, lame el rostro indolente, una mano ensangrentada, que cuelga. 
El contacto hace que los dedos delgados, huesudos, así como toda la extremidad, se balanceen sin vida desde el camastro.



                            Foto: Ba Ras Anto



                         

2 comentarios:

Alís dijo...


Impactante relato, José.

Ojalá pudiera describir tan bien como tú. Admiro tu capacidad de construir la historia con la suma de tantos detalles. También la originalidad de contar la historia haciéndonos testigos de los movimientos de Haruki.

Impresionante!

Besos admirados

josé rasero dijo...

Oh, me alegran mucho tus palabras, Alís. En realidad es el inicio de la novela en la que ando, y con comentarios como los tuyos, todo se hace más sencillo.
Besos, por tanto, muy agradecidos :)